Uno de los conceptos opuestos a la imaginación es la eficacia.: La locura de querer jugar con la energía nuclear

¿Hasta cuando la humanidad va a aceptar que se siga promocionando la energía nuclear como la solución ideal para la escasez energética mundial? ¿Somos todos tan ciegos o tan idiotas que nos dejamos llevar por la ignorancia o la corrupción de quienes deciden el futuro de miles de generaciones que deberán lidiar con semejante herencia de contaminación y muerte?

Por: Haruki Murakami

Cuando leo las pocas informaciones que hablan en los medios sobre el accidente nuclear de Fukushima (la información está estrictamente regulada y censurada por el Gobierno desde hace 6 años) y sobre sus consecuencias, tengo la profunda impresión, y eso me deprime mucho, de que fue un desastre inevitable provocado por el propio sistema social Japonés. Siento un profundo dolor cuando pienso en ello.
El accidente provocó el desalojo de más de diez mil personas, que fueron obligadas a abandonar su tierra natal y ni siquiera saben aún cuando podrán regresar o si podrán hacerlo algún día. Siento un profundo dolor cuando pienso en ello.
La causa inmediata del desastre fue natural, cierto. Una catástrofe muchos mayor de lo que nunca se imaginó o calculó.  A todo ello se sumaron una serie de desafortunadas coincidencias, que empujadas hasta el extremo de la tragedia por defectos estructurales y deformaciones propias del sistema, terminaron por convertirlo todo en una trampa mortal.
Se puede atribuir una culpa directa al nefasto hábito de no asumir responsabilidades, a la imposibilidad de formarse juicios acertados y rápidos, que son defectos congénitos en la médula misma del sistema. 


 
La falsa idea de la eficacia ha terminado por barrer la imaginación hasta el punto de ser incapaces incluso de sentir o suponer el dolor ajeno.
Solo por presentar un buen rendimiento económico aparente, se favorecíó la energía atómica y se la estableció como política de "interés nacional".
Se ocultaron los riesgos y se hizo deliberadamente.
De hecho los riesgos que presenta esa energía son muchos y diversos.
En resumen en esa ocasión como en otras, ya no hemos podido aplazar la deuda y hemos acabado pagando una terrible factura.
Si no ponemos el foco sobre esa idea de avanzar a cualquier precio que se ha infiltrado hasta la médula de la sociedad mundial, si no lo dejamos claro y lo corregimos desde su base, en algún momento ocurrirá otra tragedia parecida o peor.
Cuando existen instalaciones con el potencial de producir daños tan mortíferos e irreversibles como las centrales nucleares y con un sistema que puede llevar al país a la ruina (no olvidemos que el accidente de Chernobyll fue la causa inmediata del desplome de la Unión Soviética), cuando quienes las administran son empresas, cuyo objetivo primordial es atender a los números, y quien vigila esas empresas es una burocracia sin empatía alguna con la gente, empeñada solo en obligarnos a funcionar como las máquinas, en que aceptemos sin rechistar los designios de la autoridad, los riesgos son tan evidentes como terribles.
El resultado de todo ello ha sido envenenar la tierra del país, trastocar la naturaleza, afectar gravemente a la salud de la población, minar la confianza que generábamos como nacíón y robarles el lugar donde vivían miles de personas… ¿Acaso no fue eso lo que ocurrió en Fukushima?

Lo que expulsó a miles de personas de su tierra natal en Fukushima tiene su origen en la idea de la eficacia.
Atribuir a la energía nuclear, en este caso, el valor fundamental de la eficacia y convertirlo por lo tanto, en algo bueno, sumado a la ficción del mito de la seguridad, fue la operación que terminó por desatar la catástrofe de la que Japón no podrá recuperarse jamás

Fuente:  Fragmentos del libro: "De que hablo cuando hablo de escribir" de Haruki Murakami.

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