La extraña realidad de la minería como fantasía colonial




Por Horacio Machado Aráoz

Actividad intensiva en bienes de la naturaleza si las hay, la minería resulta un ejemplo extremo del derrotero tecnológico de la industria moderna: a medida que el agotamiento de las reservas de bienes naturales se hace más evidente, las dimensiones y características de los procesos extractivos se tornan progresivamente más destructivas; las escalas requeridas para que los ‘emprendimientos’ resulten ‘rentables’ son cada vez más grandes y, consecuentemente, las mediaciones del trabajo demandadas para tales empresas se apoyan en ecuaciones que combinan dosis cada vez más altas de ‘trabajo muerto’ (capital) y cuotas mínimas de ‘trabajo vivo’ (empleos).


La asociación de ‘minería’ con ‘desarrollo’ constituye, qué duda cabe, uno de los ‘argumentos’ predilectos del discurso oficial minero, esto es, el discurso que sostienen los cómplices y partícipes del gran negociado minero: entre otros, mercaderes del conocimiento que circulan impunemente entre lo público y lo privado, funcionarios ‘desprevenidos’ y/o inescrupulosos, y comerciantes diversos del rubro.
Develar que hay detrás de esta engañosa identificación entre ‘minería’ y ‘desarrollo’ nos lleva a lo más profundo y complejo de las implicaciones de la minería moderna y contemporánea para nuestros pueblos, culturas y territorios: la cuestión del colonialismo y la de la colonialidad.
Prácticamente inescindibles, colonialismo y colonialidad refieren a dos aspectos diferenciables de un mismo y único fenómeno histórico-geográfico: el de la expansión imperial de Occidente y la conquista colonial del mundo operada por esta (La) ‘civilización’. La minería, con su pasado y su presente, con su larga historia de sacrificios realizados en pos del progreso moderno y su vigente actualidad estratégica como base extractiva del consumismo-para-pocos, puede resultar un interesante ejemplo para anclar sobre concreto las referencias a ambas dimensiones del mundo colonial.
Atendiendo, por un lado, a la trayectoria histórica, es posible ver las conexiones necesarias entre minería moderna y colonialismo. En efecto, desde los orígenes de la Era Moderna, una y otro han surgido y se han ‘desarrollado’ a través de un estrecho vínculo necesario: desde la dominación colonial clásica impuesta por España y Portugal entre los siglos XVI y XVIII, siguiendo por el dominio comercial y ‘diplomático’ ejercido por Gran Bretaña en el siglo XIX, hasta el control imperial indirecto ejercido por Estados Unidos, primero a través de sus grandes corporaciones transnacionalizadas, luego a través del andamiaje institucional del orden global creado desde Washington (FMI, BM, GATT-OMC, etc.), nuestras poblaciones y territorios han sido incorporados subordinadamente a la ‘economía mundial’ como proveedores de materiales y energía ‘baratos’, muy baratos, en realidad, subsidiando con el trabajo esclavo y cuasi-esclavo y con la expoliación ambiental de nuestros territorios, el ‘desarrollo’ industrial – científico-tecnológico y militar de las ‘grandes potencias’ mundiales.
Primero la plata y el oro a mano de ‘adelantados’ y ‘bandeirantes’; luego el salitre, el estaño y el plomo por parte de las compañías y la flota británica; más tarde el cobre, la bauxita y el resto de los metalíferos industriales por parte de las grandes corporaciones norteamericanas (luego también, canadienses y anglo-australianas), la historia de la minería moderna, para América Latina, ha sido la del despojo de sus materias primas (1) para abastecer el ‘desarrollo’ de las industrias modernas de los países del Norte, industrias que, por lo demás, surgieron y se expandieron bajo el formato tecnológico de la industria bélica y al amparo de los intereses militares de las ‘grandes potencias’.
Pero así como el pasado de la minería moderna devela el trayecto del colonialismo, la actualidad del nuevo ‘boom minero’ nos ayuda a dar cuenta de la colonialidad. Ahora, como entonces, asistimos a un nuevo ciclo de una vieja historia: la propaganda oficial que impulsa la avanzada de la gran minería transnacional sobre los bienes comunes de nuestro ambiente constituye uno de los más emblemáticos ejemplos de la colonialidad en nuestros días.
La colonialidad -condición naturalizada del colonialismo- da cuenta de cómo las históricas relaciones de explotación y saqueo sobre los cuerpos y los territorios que inauguraron el mundo moderno se asumieron como ‘lógicas’ y ‘normales’… Permite comprender cómo las diversas formas de ver-pensar-sentir el mundo fueron violentamente uniformizadas bajo la lógica única de la mirada colonial; lógica única que, justificando el expansionismo de los conquistadores y alimentando la fantasía desarrollista de los conquistados, crea un mundo nuevo, el mundo ‘patas arriba’ de nuestro tiempo…
En ese ‘mundo patas arriba’ de la mirada colonial, el discurso de la economía política ocupa un lugar fundacional y fundamental, discurso creador de la religión de nuestro tiempo, organizadora del culto sagrado que se le rinde a las cosas y al dinero, como representación y medida de ‘todas las cosas’. Al instalarse como patrón único de medición de ‘valor’, la lógica invertida del mundo del dinero ha dado lugar a la emergencia de una concepción de la economía en constante ‘crecimiento’ que hace caso omiso de los taxativos límites físicos del mundo natural; una maquinaria incesante de creación de ‘valores de cambio’ autojustificada en el imperativo de la acumulación y la ganancia infinita crecientemente realizada a costa de cada vez más gravosos sacrificios de Vida… Cegados por la veneración del culto al dinero, la producción y el consumo se han desentendido completamente de los valores de uso ligados al cuidado y la reproducción de la Vida.
En el lenguaje colonial del valor de cambio, el desarrollo se mide por el nivel de ingresos; la calidad de vida es sinónimo de consumo; el trabajo humano se reduce a la mera obtención de un empleo, intercambio forzado de la propia capacidad productiva a cambio de un ‘salario’, en condiciones variables de disciplinada subordinación…
En el marco de la creciente destrucción de los medios de vida que opera el avance del ‘impulso modernizador minero’, la dinámica expropiatoria del ‘desarrollo’ pone a las poblaciones ‘atrasadas’ en condiciones de disponibilidad frente al capital. Éste, con su promesa de generar empleos, exigirá los tributos más onerosos y el culto más absoluto a cambio de sus ‘favores’: la ‘inversión’ – la creación de ‘puestos de trabajo’… En las extorsivas condiciones de la incertidumbre por la sobrevivencia, las poblaciones se entregan incondicionalmente a los ‘favores’ del capital, implorando ‘puestos de trabajo’…
Poblaciones históricamente pauperizadas por largos y viejos ciclos de explotación; funcionarios y ‘dirigentes’ colonos, obnubilados por la fantasía colonial de ser como los que mandan, plagiando ad ridiculum sus formas y sus modos; oportunistas pusilánimes sin rumbo, dispuestos a cualquier costa a aprovechar el negocio… Tales suelen ser los escenarios y los actores que conforman el caldo de cultivo propicio para la expansión del gran negociado minero de nuestros días…
Más allá de todas las excusas, de todos los engaños y todas las falacias que envuelven el discurso oficial minero, finalmente éste prospera y avanza, en nuestros días, bajo el latiguillo recurrente de la promesa del ‘empleo’… Aunque probablemente ya todos los sabemos, aunque ni los propios propaladores del discurso oficial se tomen en serio sus palabras, al final, todo se justifica y todo se acepta ante la vaga promesa ‘salvífica’ de la ‘creación de puestos de trabajo’… Esa vaga promesa se desmorona, como lo que es -una fantasía colonial-, cuando nos ponemos a husmear en algunos ‘datos’ de la realidad, como les gusta decir a los predicadores del saber dominante…
Las patas cortas de las mentiras mineras: la ‘creación de empleos’. El caso chileno: todo un ejemplo.


Actividad intensiva en bienes de la naturaleza si las hay, la minería resulta un ejemplo extremo del derrotero tecnológico de la industria moderna: a medida que el agotamiento de las reservas de bienes naturales se hace más evidente, las dimensiones y características de los procesos extractivos se tornan progresivamente más destructivas; las escalas requeridas para que los ‘emprendimientos’ resulten ‘rentables’ son cada vez más grandes y, consecuentemente, las mediaciones del trabajo demandadas para tales empresas se apoyan en ecuaciones que combinan dosis cada vez más altas de ‘trabajo muerto’ (capital) y cuotas mínimas de ‘trabajo vivo’ (empleos).
La ‘evolución’ de la minería moderna se resume en esa trayectoria tecnológica: cada vez más volúmenes de destrucción medioambiental por unidad de mineral recuperado; cada vez más altos ritmos de extracción y procesamiento y cada vez más energía y capital requeridos para sostener la ‘rentabilidad’ de la actividad extractiva… Paralela y proporcionalmente al aumento de la intensidad ambiental-energética y de capital de este tipo de explotaciones (nunca mejor usada esta palabra que en relación a la minería moderna), la cantidad de puestos de trabajo efectivos se reduce continuamente.
Tomemos, por caso, el ejemplo emblemático de Chile, país minero ‘por excelencia’, al que tanto le gustan adular como ‘modelo’ los gobernadores de nuestros ‘pagos’, los Gioja, los Beder Herrera, los Brizuela y otros más… Formateado al extremo como ninguno por los postulados del neoliberalismo, la redinamización reciente de las explotaciones mineras en Chile deja al desnudo la falacia de la minería como ‘creadora de empleos’. Los últimos tres lustros estadísticos de la minería en Chile muestran de forma contundente el incremento sideral de los volúmenes de explotación y extracción, y el de los valores de exportación, producidos a la par de una paralela caída en la cantidad absoluta y relativa del empleo minero.
Esto significa que mientras los volúmenes de minerales extraídos han registrado un crecimiento promedio del 150 % entre 1990 y 2004, esto se ha producido en el marco de una pérdida neta de 18.490 puestos de trabajo. Con ello, la ya exigua participación de la minería en el total de ocupados del país se redujo drásticamente en más del 50 %, pasando del 1,34 % del total de ocupados en 1990 a sólo el 0,67 % en el año 2004.
Si tomamos en consideración las variaciones producidas sólo en el caso de la minería del cobre -el denominado ‘sueldo de Chile’- se pueden observar otras dimensiones de este mismo fenómeno.
Este fenómeno se observa más claramente todavía cuando se analiza la evolución que en el período muestra la cantidad de cobre ‘producida’ por puesto de trabajo, que va de las 34,3 TM/puesto en 1990 a las 146 TM/puesto en el 2004, lo que en porcentajes, representa un incremento de más del 325 % en la capacidad de extracción por puesto de trabajo.
Ahora, influido por la evolución de la cotización del cobre durante el período analizado, el aumento de los valores totales exportados por la minería del cobre ha sido todavía superior al crecimiento de la capacidad extractiva. Entre 1990 y 2004, las exportaciones totales del sector cuprífero pasaron de 3,8 millones de dólares a más de 14,5 millones de dólares. Este incremento de más del 270 % es todavía mayor si se considera el valor de las exportaciones por puestos de trabajo, indicador que se acrecienta en más del 370 %, pasando de u$s 83,2/puesto en el ’90 a más de u$s 392/puesto en el año 2004.
Tratándose de una actividad eminentemente extractiva, completamente volcada al mercado externo y capital intensiva, la minería pone de manifiesto las ‘deformaciones estructurales’ que estas economías de enclave provocan en las estructuras productivas de países periféricos como los nuestros; en el caso del cobre chileno, éste representa más del 45 % del total de las exportaciones del país, aunque sólo el 7 % de su PBI y, como se vió, el 0,65 % del total de la población ocupada del país.
Como se trata de un mismo patrón tecnológico dominado por las pocas grandes compañías transnacionales que controlan el mercado a escala global, cabe inferir este mismo tipo de situaciones para todos los países que se embarquen en esta vía colonial del ‘desarrollo minero’: la cantidad de puestos de trabajo siempre será una mínima expresión de la ocupación total del país. No cabe ‘esperar’ de la minería a gran escala una ‘genuina’ solución al problema de la desocupación, tal como rezan los pregonadores del nuevo orden minero.
‘Y por casa, cómo andamos…?’
En el caso de nuestro país, tenemos ya el tristemente célebre caso de minera Alumbrera para verificar las consecuencias económicas de la minería transnacional con nuestras propias ‘evidencias empíricas’. La instalación de la minera en la provincia de Catamarca ha provocado la ‘extraña coincidencia’ de un récord en las exportaciones junto con un récord en el nivel de desempleo.
En los primeros cinco años de la explotación, entre 1997 y 2002, las exportaciones provinciales ‘saltaron’ de menos de 16 millones de dólares a más de 600 millones de dólares, de los cuales el 96 % correspondía sólo a las exportaciones de Minera Alumbrera. Al tiempo en que Catamarca se convertía en la primera provincia de exportaciones por habitante, las tasas de desocupación provincial crecían a ritmo más elevado que el promedio de la región del Noa y del promedio nacional.
Por cierto, el ‘desarrollo minero’ no ha colaborado mucho con el objetivo de bajar el nivel de desempleo en la provincia minera por excelencia. A lo largo de su fase de explotación, Minera Alumbrera ha operado con 800 puestos de planta permanente y 1000 puestos de contratistas promedio. La cantidad de empleados en el sector minería durante este período fue de apenas el 0,8 % (Censo Nacional 2001) del total de ocupados de la provincia.
Claro, hay que decir, como siempre nos lo recalcan desde el discurso oficial minero, este análisis no toma en cuenta los puestos de trabajo indirectos que crea la minería, empleos que, aunque no son en labores mineras, no se habrían ‘creado’ de no ser por la demanda generada por la misma…
Lo cierto es que, aprovechando que no hay técnicas de medición fiables sobre este indicador, el tema de los puestos ‘indirectos’ ha servido para que los propaladores del discurso oficial minero intenten maquillar la exigua incidencia de la gran minería transnacional en la ocupación local multiplicando los puestos reales por tres, por cuatro y hasta por cinco veces, engrosando números para tapar con mitos las realidades…
Si bien sobre lo ‘cuantitativo’ no hay más que los poco fiables ‘multiplicadores’ que imaginan desde las secretarías públicas y las cámaras privadas del sector, sobre lo cualitativo del ‘empleo indirecto’ algo podemos decir los habitantes de este suelo catamarqueño, con el triste privilegio de ser pionero en este nuevo formato de saqueo, en base a nuestra experiencia vecinal…
Cuáles son los puestos de ‘trabajo indirectos’ solicitados por la actividad minera? Qué nuevos tipos de bienes y servicios se demandan por estos pagos? Qué categorías ocupacionales están ‘aprovechando’ el boom minero…? De eso algo sabemos, y podemos hacer una pequeña lista:
Transportistas de sustancias tóxicas…
Publicistas de diverso tipo, expertos en vender ilusiones; en lavar y crear ‘imágenes’ de empresas ‘verdes’ y ‘socialmente responsables’…
Abogados, hábiles como ninguno en ‘defender lo indefendible’…
Estudios contables y auditores especializados en construir balances a la medida de las tasas de rendimiento esperadas, a costa de las ya ‘legalmente’ recortadas obligaciones fiscales…
Constructores de obras con mucho cemento, muchas luces y carteles, para que luzcan los ‘beneficios’ de las regalías…
Arquitectos de nuevas cárceles para no ‘hacinar’ a los delincuentes de siempre; diseñadores de predios feriales para ‘mostrarnos al mundo’ y de ‘estadios de fútbol para soñar con un equipo provincial jugando en primera con el sponsoreo de la minera; iluminadores de catedrales y cuanto edificio público quepa para ‘atraer’ el turismo –ahora- del ‘mundo’…
Periodistas promineros de todos los medios (gráficos, audiovisuales, sanctos y non sanctos…); nuevos cronistas de indias, que cuentan, paso a paso y al detalle, las proezas y avances del ‘progreso’…
Técnicos de los más diversos tecnicismos, expertos expertísimos en el arte de los instrumentos, tan proporcionalmente ocupados al detalle de la eficacia de los medios, como ‘desinteresados’ y amnésicos por la cuestión de los fines…
Y, por cierto, guardias y servicios de seguridad públicos y privados, adaptables a requerimientos y condiciones represivas de distinto tipo; creativos para el ejercicio de la violencia en diferentes dosis y estilos, prestos a identificar y reducir las turbas y manifestaciones de los nuevos terroristas de nuestro tiempo…
Tales y no muchos más, suelen ser las categorías de ‘ocupados’ de los ‘puestos indirectos’ creados por la gran minería tóxica transnacional. Aunque poco y nada pueda decirse de la utilidad social de los ‘productos y servicios’ de sus trabajos, ellos engrosarán los inflacionados números de los ‘puestos creados’ y los ‘salarios pagados’ con tal de atemperar en algo las insalvables brechas entre las promesas y las realidades del tan mentado ‘empleo minero’.
Quedan, por cierto, fuera de la ‘contabilidad’ algunos pagos ‘en negro’ (con perdón de este recurso colonial del color) destinados a los mercaderes de la ‘cosa pública’, gestores estatales de intereses privados; jueces, fiscales y camaristas ocupados de los ‘delitos de siempre’ y desentendidos de los crímenes más siniestros, ingenieros avezados en construir la impunidad de los poderosos; y alguna que otra ‘limosna’ para los predicadores de la resignación eterna y bendecidores de las obras del ‘progreso’…
Estos también, en tanto pagos a servicios prestados, deberían contabilizarse entre los efectos ocupacionales indirectos a la economía local, ya que aún siendo no-registrables y no-publicables, no dejan de ser una partida importante en los ‘costos operacionales’ de las mineras… www.ecoportal.net
Horacio Machado Aráoz
BePe – ASANOA Catamarca
Universidad Nacional de Catamarca
Marzo de 2009
Nota:
(1) Nunca está demás recordar algunas cifras indicativas de la expoliación: según los registros de la Casa de Contratación de Sevilla, sólo entre 1503 y 1660 ingresaron a la Corona española 185 mil kilogramos de oro y 16 millones de kilogramos de plata, el equivalente a tres veces el total de las reservas europeas de la época. En el siglo XVIII, con la explotación del oro de Minas Gerais por los bandeirantes lusitanos, Portugal llegó a superar el volumen de oro extraído por España; de acuerdo a los registros británicos, en esa época llegaron a entrar al mercado de Londres 50 mil libras de oro brasileño por semana.
En la primera mitad del siglo XX, con el desarrollo de las industrias automotriz y eléctrica, el cobre se constituiría en el metal clave para el desarrollo industrial: en esa época, cuatro compañías estadounidenses (Kennecott Copper Co., Anaconda Mining Co., Calumet & Hecla y Phelps Dodge) controlaban el 56,2 % de la producción mundial de cobre y sus principales fuentes de reserva eran las minas de El Teniente y Chuquicamata, en Chile, y Toquepala, Cerro de Pasco y Quiruvilca, en Perú.

Fuente: ecoportal.net

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